Por Patricia Agosto
La vida no vale nada cuando otros se están matando
Y yo sigo aquí cantando, cual si no pasara nada
La vida no vale nada si ignoro que el asesino
Cogió por otro camino y prepara otra celada
Pablo Milanés, 1995
Foto de portada: Hacer Justicia
Nos toca rememorar los 50 años del golpe cívico-militar-eclesial del 24 de marzo de 1976, en medio de un escenario global que varixs cientistas sociales definen como apocalíptico, de fin del mundo y de la civilización humana, de amenaza de hundimiento y extinción de lo que conocemos. El filósofo surcoreano Chul Han nos advierte que en estos tiempos el miedo nos paraliza y la angustia nos aprisiona y encierra; la vida se ha reducido a la supervivencia, frente a una multitud de crisis que no podemos abordar. El futuro genera pánico porque es incierto y hay demasiados indicios que lo hacen tenebroso. A su vez, las democracias se resquebrajan y si alguna vez creímos que podían sostener ciertos derechos, está lejos de ser así. Como dice el sociólogo Lazzarato, las democracias capitalistas se vuelven fascistas, como lo demuestran los genocidios y las guerras, reconectando así con sus orígenes: nacieron marcadas por el genocidio indígena, la esclavitud y el racismo; y aquí agregamos por el patriarcado. En el mismo sentido, Franco “Bifo” Berardi, nos habla de un “sadismo político organizado”, producto del fin del capitalismo histórico como proyecto racional de la burguesía liberal. Según Bifo, estamos ante un escenario en el que predomina la ley de la fuerza y de la locura, donde se juega sin reglas.
Gaza fue un parteaguas. Para Maurizio Lazzarato, el genocidio en Gaza -y hoy podemos incluir la guerra en Medio Oriente- ha sido atravesado por una narrativa negadora de derechos humanos, del derecho internacional, de la antítesis entre democracia y dictadura; los horrores físicos y mediáticos de ese genocidio se inscribieron en lo “normal”, lo “natural”, lo “evidente” del capitalismo liberal, sin la mediación de los fascistas. «La excepción devino normalidad, el “nunca más” fue completamente borrado y su represión fue proclamada abiertamente», nos dice Lazzarato. A este contexto se suma otro perfil del desprecio por la vida: una avanzada de formas cada vez más extremas de mercantilización de la naturaleza y de ruptura de lazos comunitarios construidos ancestralmente. Entonces, estamos ante un capitalismo con muchos apellidos: colonial, patriarcal, extractivista, fascista, en el que “la vida no vale nada”.
El escenario nacional no es mucho más alentador. En la Argentina estamos enfrentando recesión económica, retroceso profundo de derechos adquiridos y represión constante a toda expresión de la diferencia frente al oficialismo. Las batallas en las que se ha empeñado la derecha gobernante nos atacan por todos los frentes: trabajo, ambiente, educación y salud pública, seguridad social, cultura, y un aspecto que nos interesa resaltar y que abarca todos esos frentes es el “aniquilamiento” de la otredad. No es un invento de la ultraderecha gobernante por supuesto. La modernidad/colonialidad ha impuesto un sistema de clasificación social jerarquizado racial y sexualmente, en el cual hay identidades sociales y sexuales inferiores -indios, negros, pobres, mujeres, disidencias- y pueblos “otros, no europeos”, que deben ser subalterizadxs e inferiorizadxs.
Este sistema de jerarquización social se mantiene desde hace siglos porque es uno de los sostenes del capitalismo colonial y patriarcal. Y con la llegada del neoliberalismo, la sociedad occidental se volvió más fragmentada e individualista, a partir de la producción de una subjetividad hegemónica que no se piensa a partir del vínculo social ni de la idea de lo común, y que se contrapone a otras subjetividades que luchan contra esas múltiples opresiones y que creen que “ser” es en colectivo.
Desde que las ultraderechas comenzaron a tener protagonismo a nivel global, todo se profundiza. En palabras de Bifo, la mente colectiva colapsa por el predominio de una “psicosis nihilista”. La/el otrx desaparece o se construye como enemigx, al que hay que eliminar, real o simbólicamente. También se profundizan las mentiras y ocultamientos como estrategias políticas de estas ultraderechas en el poder, para intentar convencer a lxs no convencidxs y fogonear a lxs convencidxs.
Este es el contexto internacional y nacional en el cual se cumplen 50 años del inicio de la última dictadura en la Argentina, la más atroz que hemos conocido en estas tierras y en muchas otras. Cuando Lazzarato nos dice que con el genocidio en Gaza se borró y reprimió el “nunca más”, la referencia a nuestra historia es inevitable. Esas dos palabras representan una decisión de gran parte de la sociedad argentina: que no se repita el terrorismo de estado y su metodología criminal, que se apropió de menores, secuestró, torturó, violó, desapareció y asesinó a toda persona incluida en la definición amplísima de subversiva, demostrando a cada paso que “la vida no valía nada”. Y hoy ese amplio porcentaje de la sociedad que defiende la memoria, la verdad y la justicia, avizora un peligro de impunidad.
El gobierno de ultraderecha de la Argentina se ha posicionado claramente en relación al tema: ha expresado un profundo negacionismo que justifica el terrorismo de estado y todas las atrocidades enmarcadas en crímenes de lesa humanidad imprescriptibles. Aproximándose el aniversario número 50 del golpe cívico-militar-eclesial, en los pasillos de los rumores se vuelve a escuchar la palabra indulto. Se prenden las alarmas y nos retrotraemos a los años 1989-1990, cuando el menemismo en el poder indultó a altos y medios mandos militares responsables del terrorismo de estado. En esa oportunidad 500.000 personas llenamos la Plaza de Mayo al grito de “No al indulto”.

Foto: Periódico Acción – Juan Quiles/3Estudio
Hoy pareciera ser un contexto “adecuado” para esa decisión que, según algunos medios, está siendo estudiada en diferentes aspectos: legal, político y comunicacional. Si bien todavía no es una decisión en firme, en caso de que así fuera, el anuncio se haría el 24 de marzo, expresando el negacionismo y golpeando duramente la lucha por la verdad histórica y la memoria colectiva. Este contexto “adecuado” lo es por varias razones. Por un lado, es un momento crítico de la economía argentina, con una recesión cada vez más evidente, y una medida de alto impacto político como los indultos desviaría la atención de esas evidencias recesivas. Por otro, las internas oficialistas son cada vez más abiertas, entre las que se destaca la que protagonizan el presidente y su vicepresidenta; una decisión de indultar militares podría quitarle votos a la vice que, desde la campaña electoral, se convirtió en una defensora acérrima y sin tapujos de los genocidas.
Además de estas razones, que responden a las lógicas de la política interna, el contexto global, del que hablamos al principio, también es “adecuado”. Se trata de una crisis civilizatoria, con perfil de apocalipsis, que nos hace convivir con miedos paralizantes y augurantes de futuros inciertos, con una avanzada del “capitalismo fascista” que se apoya en un “sadismo político organizado”, atravesado por “la ley de la fuerza y de la locura”, que devenga en genocidios y guerras y en formas extremas de explotación y mercantilización de diversas expresiones de vida. Todo con una premisa: “la vida no vale nada”. La misma premisa del terrorismo de estado, un desprecio extremo por esas vidas “otras”.
A 50 años del golpe, no nos van a convencer de que “la vida no vale nada”. Y si continúan con ese empeño, seremos miles en las calles rechazando un indulto que atenta contra la memoria histórica y la búsqueda de justicia frente a lo que seguiremos llamando terrorismo de estado.

