Por Patricia Agosto
La alusión al título de la novela de Carlos Montero responde a las consecuencias que la reforma laboral va a generar sobre el cuerpo y la vida de las mujeres. Esa “modernización” desordena la vida de lxs trabajadorxs, además de ampliar las formas de explotación y la vulnerabilidad de sus trabajos y sus vidas. Sin embargo, quienes más se verán perjudicadas son las mujeres, no sólo porque vivirán más profundamente sus impactos, sino porque la que podría ser ley no las “ve”. En la infinidad de artículos que posee se ignoran las situaciones que viven las mujeres dentro y fuera de su hogar. No se habla de cuidados y se desconoce que muchas son proveedoras de hogares con frecuencia monoparentales. La reforma las invisibiliza, aunque sean quienes sostienen la vida. Sin embargo, el revés de lo invisible es que sus impactos profundizarán esas desigualdades estructurales que se mantienen ocultas, tanto en la reforma, como en la doctrina libertaria que fue penetrando en parte de la sociedad.
Dos tablas muestran esas desigualdades estructurales. Los datos[1] corresponden a 2025, especialmente al segundo trimestre:

[1] Datos extraídos del INDEC, de los primeros resultados de la Encuesta Nacional sobre Consumo Responsable, Hábitos Sustentables y Capital Social, del Centro Nacional de Responsabilidad Social Empresarial y Capital Social (CENARSECS) de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y del informe 8M en perspectiva económica 2025, del Observatorio de Género del Centro de Economía Política Argentina (CEPA).
7 de cada 10 hogares monoparentales con jefa mujer están por debajo de la línea de la pobreza y 3 de cada 10 bajo la línea de indigencia.
Estas cifras son contundentes y muestran una realidad totalmente desigual. Sin embargo, la situación será mucho peor, ya que el ajuste que implica la reforma laboral recaerá con fuerza sobre las mujeres. Veamos las principales transformaciones que plantea la nueva ley y sus impactos en esa mitad de la población.
La existencia de bancos de horas y la flexibilidad de las jornadas laborales entrega la gestión del tiempo a los empleadores, que definirán los días, la duración y los horarios laborales. Así, el trabajo será acompañado de incertidumbre e imprevisibilidad, como también lo será el tiempo de descanso. Podríamos hablar de “ajenidad laboral”, el tiempo ya no será nuestro, no podremos decidir sobre él y la organización de nuestras vidas ya no estará en nuestras manos. A su vez, la crisis de los cuidados existente -según la encuesta de uso del tiempo, las mujeres dedican 6 horas y 31 minutos diarios a las tareas de cuidado y los varones 3 horas y 40 minutos diarios- se profundizará; tendremos que hacer malabares para saber en qué momentos realizaremos las tareas domésticas y de cuidado, que sabemos que siguen estando mayoritariamente en manos de las mujeres. Y tampoco podremos decidir sobre el tiempo dedicado a otras actividades: formarnos, reunirnos, militar, divertirnos, descansar. No sabremos cuándo será nuestro tiempo libre.
La incertidumbre también acompañará los ingresos familiares, no sólo porque no podemos prever la cantidad de horas trabajadas, sino porque las jornadas laborales se ajustarán a las necesidades de venta y producción de los empleadores y esto sólo lo definen ellos. Además, ya no se pagarán horas extras, que se diluyen en el banco de horas. Esta imprevisibilidad salarial, que necesariamente implicará reducción de ingresos, afectará principalmente a las trabajadoras que, como veíamos en las tablas, tienen trabajos más precarios, de menor jerarquía y más bajos salarios. Así, se ampliará la brecha salarial de género y se profundizará la dependencia económica de las mujeres.
La existencia del Fondo de Asistencia Laboral (FAL) también impactará más en las mujeres. La quita del 3% de los aportes patronales a las jubilaciones, pensiones, moratorias y la Asignación Universal por Hijo (AUH), que irán a parar al FAL para pagar futuras indemnizaciones por despidos, afectará a quienes tienen las jubilaciones más bajas o que dependen de moratorias para jubilarse, que son las mujeres, las que a su vez reciben mayoritariamente las asignaciones familiares y la AUH -son el 70% de sus titulares-, como consecuencia de la desigualdad en el uso del tiempo que garantiza la reproducción de la vida.
El descanso también se fragmentará, ya que las vacaciones podrán ser fraccionadas en períodos mínimos de 7 días y otorgarse en cualquier momento del año. Serán las mujeres las encargadas de reorganizar la dinámica familiar al ser prácticamente imposible hacer coincidir los periodos de descanso de todos los integrantes de las familias, y más teniendo niñxs en edad escolar.
La salud también se verá afectada con la rebaja del 1% en los aportes patronales a las obras sociales, lo que llevará a que brinden menos servicios y obligará a lxs trabajadorxs a recurrir al quebrantado sistema de salud pública. Este deterioro en los sistemas de salud afectará particularmente a las mujeres, ya sea como trabajadoras de ese sector -en el que son mayoría-, o como las principales encargadas del cuidado familiar, que deberán utilizar más tiempo y energía en gestionar la atención propia y familiar en hospitales al borde del colapso. Este trabajo invisible de sobrecarga de los cuidados relacionados con la salud, también se refleja en la educación. La escolarización de lxs niñxs de las familias trabajadoras también recae sobre las mujeres, las que deberán organizarse a través de múltiples estrategias para afrontar esa tarea en medio de la incertidumbre de las situaciones laborales “reformadas”. Se trata de más trabajo no remunerado en los hogares, claramente feminizado.
Incertidumbre, imprevisibilidad y desorden en el trabajo y en la vida es lo que acompaña a la “flexibilización” de la reforma laboral. Se desordenan el tiempo de trabajo productivo y reproductivo, el salario, los descansos, las futuras jubilaciones; y las mujeres serán las principales afectadas. Sin embargo, hay algo más: la angustia que generan esa incertidumbre, esa imprevisibilidad y ese desorden. Todo se vuelve de una flexibilidad angustiante llena de interrogantes: ¿cuánto vamos a cobrar?, ¿cuándo podremos llevar a nuestrxs hijxs al médicx?, ¿en qué momento podremos descansar o hacer actividades recreativas o cualquiera que sea deseada o elegida? Y serán las mujeres las más angustiadas, porque esta “nueva” flexibilidad se suma a las múltiples brechas de desigualdad estructural que caracterizan al capitalismo patriarcal.
“El desorden que deja” la reforma laboral en los cuerpos y la vida de las mujeres es mucho, demasiado.

